03 Mar La oportunidad estaba clara. El modelo también. Solo faltaba decidir.
Aterrizé en Panamá en marzo de 2014, justo en carnavales, para ayudar a consolidar tres negocios que habíamos puesto en marcha desde cero tiempo antes. Durante los primeros meses, trabajamos en paralelo en los tres frentes, validando hipótesis, viendo qué traccionaba. Pero en agosto, las señales eran claras y decidimos que me enfocara en uno: una distribuidora de alimentación que empezaba a mostrar un crecimiento tangible.
Los clientes repetían. Los márgenes comenzaban a consolidarse. Teníamos una lectura bastante precisa de qué productos funcionaban, qué canales eran sostenibles y qué operaciones necesitaban refinarse. Aprendimos rápido y ajustamos aún más rápido. Para diciembre, habíamos multiplicado por seis la facturación y por diez la base de clientes. Aunque el punto de equilibrio aún no estaba a la vista, no había dudas de que lo que hacíamos tenía sentido. Lo complejo ya lo habíamos atravesado: ahora tocaba decidir si apostábamos de verdad.
Preparé una reunión con los socios para presentar el plan. Tenía los escenarios modelados, las proyecciones afinadas y una propuesta de inversión ajustada, con el aprendizaje de los últimos seis meses incorporados en cada hipótesis. Sabía que lo que proponía era viable. No pedía fe, solo continuidad. Esperé tres horas. Cuando uno de los socios se acercó finalmente, lo resumió en una frase seca: no había acuerdo. No se iba a hacer.
Meses más tarde, vendimos nuestra parte.
Decidir no hacer nada también cuesta
Es fácil pensar que postergar una decisión es simplemente no actuar. Que quedarse quieto es una forma prudente de ganar tiempo. Pero no decidir también es una forma de decidir. Es elegir el camino por omisión. Y aunque su coste no siempre aparece en la cuenta de resultados, termina impactando igual. En nuestro caso, la decisión de no mover ficha no vino de falta de información ni de dudas razonables sobre el modelo. Vino de una estructura de poder incapaz de avanzar sin unanimidad, aunque esa unanimidad no fuera requisito para sobrevivir, sino para protegerse.
Y ese es el matiz clave: no se trataba de una apuesta ciega ni de jugársela con lo puesto. Había datos. Había experiencia directa. Había validación operativa. El siguiente paso era escalar en condiciones. Pero se trató como si estuviéramos decidiendo sobre el destino entero del proyecto. Como si el plan fuese irreversible. El coste no fue un error. Fue una pérdida.
El miedo a decidir como forma de bloqueo
Esto ocurre más a menudo de lo que se admite. Equipos que validan un producto pero no se atreven a lanzarlo. Proyectos que demuestran tracción, pero no logran levantar la mínima inversión para crecer. Organizaciones que delegan en comités decisiones que podrían testarse con una fracción del coste. Hay una especie de temor estructural a actuar si no está todo garantizado de antemano.
Ese miedo se disfraza de prudencia, pero en realidad responde a una lógica más simple: tratar cualquier decisión como si fuera definitiva. Como si tomar un camino significara quemar todos los puentes. Y cuando una organización opera así, el resultado es la parálisis disfrazada de análisis. No se avanza porque se exige un nivel de certeza que no corresponde al tipo de decisión que se tiene delante.
El coste silencioso del bloqueo
La decisión de no avanzar con la distribuidora no fue gratuita. El proyecto había encontrado un hueco. Teníamos demanda, procesos definidos y personas involucradas con compromiso real. La oportunidad no estaba en el papel, estaba en marcha. Pero al no decidir, no solo perdimos un negocio viable. También diluimos energía, frustramos a los que empujaban y enviamos un mensaje claro al sistema: que incluso cuando todo apuntaba a que sí, se podía acabar en no.
No decidir también es una forma de fallar. Y a veces, es la más frustrante. Porque no hay error que analizar, no hay hipótesis que refinar, no hay aprendizajes que compensen. Solo queda el desgaste, el desencanto y la sensación de que se dejó pasar algo que merecía más valentía.
Decisiones reversibles, decisiones vitales
Hay decisiones que merecen pausa. Que implican un cambio estructural. Que si salen mal, comprometen mucho. Pero no todas las decisiones son así. Muchas podrían plantearse como ensayos razonables. Como apuestas parciales. Como validaciones en entorno real. En esos casos, el riesgo no está en actuar. Está en no permitir que nada ocurra.
Cuando tratamos cualquier movimiento como definitivo, como si fuera a condicionar todo lo que venga después, nos condenamos a una rigidez que va en contra de la agilidad que decimos querer. Y lo peor es que ese tipo de rigidez se instala rápido. Lo que empieza siendo una decisión pendiente se convierte en un tema que “no se volvió a tocar”. Y el tiempo hace el resto.
Liderar es decidir, aunque no haya garantías
Parte del trabajo de decidir es aceptar que las condiciones nunca serán perfectas. Que en muchas ocasiones se actúa con un grado razonable de información, no con certeza absoluta. Que el aprendizaje también se produce en el acto de avanzar. Lo que diferencia a quienes hacen que las cosas pasen de quienes las ven pasar no es que tengan más datos. Es que toleran mejor la incomodidad.
Y, sobre todo, que entienden que no decidir tiene un coste igual o mayor que decidirse y tener que corregir. Porque al menos lo segundo deja un rastro de avance.
La decisión que no se tomó
Vendimos nuestra parte del negocio no porque fallara el modelo, ni porque los números no fueran prometedores. De hecho, el negocio siguió funcionando varios años más, a una escala mucho más reducida, pero dando señales de que, con el empuje suficiente, el negocio era viable.
Salimos porque no fuimos capaces de desbloquear la situación y tomar una decisión que en realidad no era tan compleja. Lo teníamos casi todo. Faltaba dar el paso. Y ese paso nunca llegó.
Una pregunta incómoda para cerrar
¿Qué estás dejando de hacer hoy no porque no funcione, sino porque estás esperando una certeza que quizá no llegue nunca?