02 Feb Más control no siempre significa mejores decisiones
Más control no siempre significa mejores decisiones
Recuerdo mis primeros pasos en el mundo corporativo en Panamá, revisando de madrugada un Excel repleto de proyecciones, con la luz de la pantalla iluminando mi rostro cansado. Ajustaba cifras una y otra vez antes de enviarlas a los socios en España. Cuando por fin los números cuadraban, sentía alivio. El presupuesto bajo control me tranquilizaba, y también a quienes estaban al otro lado del Atlántico.
Pero fuera de esa hoja de cálculo, la realidad seguía siendo incierta. Y al día siguiente, tras una visita a terreno, ese presupuesto -aparentemente tranquilizador- se convertía en trinchera para evitar decisiones difíciles. “No está en el presupuesto” era la frase con la que muchos justificaban la inacción o la disputa.
La tranquilidad (engañosa) del presupuesto
En épocas de incertidumbre, es natural que las organizaciones busquen asideros firmes. Un presupuesto detallado, con sus filas y columnas perfectamente ordenadas, funciona casi como un calmante emocional. Tener cada gasto e ingreso previsto alivia la ansiedad: brinda la ilusión de control sobre un futuro incierto. Al ver todo planificado en papel (o en pantalla), directivos y equipos sienten que “la situación está controlada”. Es una sensación comprensible; a nadie le gusta navegar en la niebla sin un mapa.
El problema es confundir el mapa con el territorio. El “presupuesto” promete una certeza que la realidad no garantiza. Nos aferramos al presupuesto como a un chaleco salvavidas emocional: si las cifras dicen que todo irá bien, podemos dormir tranquilos. Pero esa tranquilidad puede ser engañosa. Cuando las circunstancias cambian (y siempre cambian), el presupuesto no sufre ansiedad… la sufren las personas. Y para calmarnos, a veces preferimos seguir ajustando números antes que reconocer que hay que tomar un camino distinto.
Cuando la planificación se vuelve obstáculo
El presupuesto, que debería ser una herramienta para facilitar decisiones, a menudo se convierte en excusa para posponerlas o bloquearlas. ¿Te suena alguna de estas situaciones?
- Se celebra “cumplir el presupuesto” aun cuando el mercado o el entorno van en otra dirección claramente distinta.
- Se rechaza una oportunidad prometedora porque “no estaba planificada este año”, perdiendo agilidad frente a competidores más audaces.
- Las reuniones de seguimiento se enfocan más en explicar desviaciones mínimas del plan que en discutir acciones de fondo o nuevos objetivos.
- Los equipos tienen miedo de proponer ideas fuera de presupuesto, anticipando que la primera respuesta será: “no hay dinero para eso, no estaba contemplado”.
Estas conductas reflejan una paradoja: la herramienta creada para guiarnos está sirviendo para ponernos palos en la rueda. En nombre del control, caemos en la “parálisis por análisis” – ese fenómeno donde, por querer tener todas las certezas antes de actuar, terminamos no actuando. Un presupuesto rígido puede convertirse en una camisa de fuerza que inmoviliza a la organización, impidiendo reaccionar a tiempo ante cambios o nuevas oportunidades.
Pensemos en la anécdota de un fabricante que, a mitad de año, detectó que un competidor estaba ganando cuota de mercado con un producto innovador. Dentro de la empresa, varios ingenieros tenían ideas para mejorar su propio producto e incluso prototipos listos. Sin embargo, no estaba en el presupuesto destinar fondos a I+D adicional ese año. La directiva decidió “ajustarse al plan” original y no invertir. Aquella decisión “prudente” –basada en respetar el presupuesto al pie de la letra– terminó costando caro: para cua